...continuación
- A veces me levanto a media noche a tomarme un vaso de agua y el perro está echado en la entrada de la cocina, apenas se le ven brillar los ojos, a mí me trata de dar susto, Tony me acuerda a ese perro que se me apareció aquella vez en la Argentina, en la finca que era de papá, yo estaba recién casado y me tocó salir a media noche a buscar al médico porque Luisa estaba ardida de fiebre.
Efectivamente esta era la introducción de una de las tantas historias que no me dejaban dormir, pero que con el masoquismo y gusto del caso, siempre escuchaba.
- Tío y ¿qué pasó? - Le pregunté tragando saliva, expectante -
- Yo creo que eran por ahí la una de la mañana, Luisa había pasado el día enfermosa, había comenzado embarazo y a esa hora ya estaba ardida de fiebre, entonces yo ensillé una bestia para bajar al pueblo y buscar al doctor, estaba haciendo una noche bien bonita se veía clarito; no llevaba tanto de camino, cuando de pronto la yegua se puso inquieta, se frenó y no quiso andar más, la “talonié” ¡oiga y casi me tumba! era como si se hubiera topado con una pared invisible, resopló y se paró en las patas traseras, yo me agarré fuerte de las riendas y en ese momento comenzó a oler a azufre, un frío lo más de raro me entró en los huesos, yo trataba de calmar a la yegua, ¡por Dios que susto! A la distancia pude ver cómo una bola de fuego se acercaba muy ligero hacia mí, y mientras se aproximaba podía distinguir la forma de un perro negro, los ojos parecían dos llamaradas, yo nunca había visto algo igual, creo que ese animal tenía metro y medio de alto, era muy grande, la yegua del susto se sacudió de nuevo tan fuerte que finalmente me tumbó, yo en el suelo solo pude pensar una cosa: “esto es el diablo que anda suelto”, cuando logré pararme ese animal estaba casi a dos metros de distancia, le podía ver la quijada, sus dientes eran amarillos y filosos, las patas eran gruesas parecidas a las garras de un león y mugía como tal, babeaba sangre creo; el olor a azufre se volvió una cosa insoportable, nauseabunda, yo estaba frio del miedo, y de repente como por obra de la virgen, me acordé de don Salvador Henao que una vez me dijo: “vea don Emilio, si alguna vez usted se topa en el camino con algo extraño y le huele a azufre, coja el machete, hágale una cruz con saliva en la punta, rece un padre nuestro y enfrente a esa cosa en el nombre de Dios y si es posible dele un machetazo…”, como no tenía otra opción agarré el machete, le hice la cruz, con la boca seca recé el padre nuestro y en el nombre de Dios enfrenté a esa cosa, no sé de dónde saqué el valor, pero le mandé un machetazo con tanta fuerza que le di en una pata, eso sonó como si le hubiera dado a un tubo de hierro y en el mismo momento en el que lo corté, botó un chispazo con mucho humo y pegó un rugido tan terrible, que me hizo pensar por un momento que ese era el fin de mis días…
A esas alturas ya tenía los pelos de punta el relato era escalofriante, yo había escuchado muchas historias y me las daba de valiente, pero ésta en particular, acompañada con los ademanes y la retórica de mi tío, era el pasaporte para una semana durmiendo en el cuarto de mis padres.
- ¡Virgen santísima favorecedme! Dije, y me tapé la cabeza con las manos… en un momento todo se quedó callado, el olor a azufre se fue tan rápido como llegó y cuando abrí los ojos, no había nada, ni humo, la carretera se veía más clara que antes y la yegua, como si nada hubiera pasado, salió de entre los matorrales. Me santigüé, me monté en la bestia y agarré camino para el pueblo en busca del médico, porque la fiebre de Luisa no daba espera y ya había perdido mucho tiempo.
Esa noche venció la fe, por fortuna, tío consiguió un médico en el pueblo, lo llevó a la finca, lograron bajar la fiebre de Luisita y salvaron la vida del bebé, mi primo, que ahora tiene sesenta años y se llama Salvador.
Entre cuentos y la merienda se nos fue el día en Buga, pasadas las siete de la noche nos despedimos y de regreso a casa, no quise irme en la parte de atrás del carro, pensaba en el perro aquel, en la “cosa maligna”… esa noche y durante cuatro noches más dormí al rincón de papá y mamá, todavía recuerdo los reproches: ¡Vio! ahí está muerta del susto, para qué se pone a darle pedal a su tío y si tanto le gustan esas historias, pues escúchelas, pero no les de tantas vueltas que por eso es que se llena de susto y no puede dormir. - El masoquismo creo es algo inherente en el ser, vivimos con el miedo y el dolor a cuestas…
Mi sacrificio dominical obtenía nuevamente recompensa, pues no creo que Morfeo en el mundo de los sueños me hubiera dado la magia que me daban aquellos cuentos. Pasaban días, hasta meses sin ir a saludar a los tíos, pero cuando la ocasión llegaba, ya estaba lista, porque sabía que detrás de nuestra visita familiar, yo ocultaba mi sed de historias, de anécdotas, de esas que ya no se ven.



